
Cuando era un niño pequeño, descubrí la colección de discos de mis padres y conocí a The Beatles, Simon & Garfunkel, sonidos de los años sesenta que podrían haber sido de otra época, porque yo no había nacido cuando se grabaron esos discos. Sgt. Peppers. Revolver. The Sound of Silence. El olor a vinilo me encantaba, y los sonidos producidos por la aguja y el parlante escondido atrás de una grilla metálica aún más.
Un poco más grande, llegó el Heavy Metal, se instaló en mi vida y impuso la banda sonora a mucho de mi adolescencia. Me arranqué un día sin permiso en bicicleta y gasté mis ahorros de muchas semanas en una entrada al espectáculo de Iron Maiden, tenía algo como 14 años y fue toda una aventura. Fui con algunos amigos nuevos del colegio, con los cuales la música me unía y a veces, más frecuentemente, me separaba, según nuestros gustos y temperamentos. Intercambiábamos casetes y esperábamos ansiosamente para saber las opiniones de nuestros amigos el próximo día, las cuales a veces nos trajeron amarga desilusión. ¿Pero cómo? ¡A mí me parecen geniales! Fui el único miembro local del fan club de varias bandas que me importaban y de alguna manera me acompañaban, seres extraños como los Voivod y los Dead Kennedys. Pasaba horas en mi habitación después del colegio, mis ojos cerrados, escuchando mi música con mi estéreo personal. Me acompañaba durante lo que era una especie de fase de incubación.
Mis pobres oídos resistieron las embestidas de algunas de las bandas más estruendosas de la época, tales como Nuclear Assault, Sacred Reich, Napalm Death, Slayer, Sabbat. Después de la tocata de Nuclear Assault a mis oídos les sonaba un pito como cuatro días. No éramos la primera generación en arriesgar sus oídos de tal manera. Mi profesora de Biología confesó de haber sido fanática de Deep Purple en su juventud y nos contó como habían quedado mirando la pintura desprendiéndose del techo de la sala de conciertos por la fuerza del ataque sónico de la banda.
Poco después llegó el Death Metal y a mí me dejó frío. Alcancé a presenciar a los brasileños Sepultura y los Morbid Angel - los últimos, en mi opinión, no tenían gracia alguna - antes de la llegada de la banda que marcó un antes y un después: Nirvana. Soplaban nuevos vientos que trajeron a mi vida nuevos sonidos y nuevos amigos: The Pixies, Fugazi, Extreme, Billy Bragg, The Manic Street Preachers, The Red Hot Chili Peppers, The The. Empecé a disfrutar otros estilos musicales hasta entonces desconocidos para mi tales como el prog rock - según mi mamá, cuando escuchó por primera vez a Van Der Graaf Generator, música de pantomima.
Los años pasaron y en algún momento, sin darme cuenta, la música ya no era parte de mí, no era una compañera cercana como antes, se había transformada en música de fondo, para poner el ambiente. Empecé a aprender el Español, y escuchaba a Manu Chao, Ketama, Enrique Morente y Celtas Cortos. Aprendía a bailar salsa, y me interesaban las chicas. En un momento de crisis económica estudiantil vendí un montón de mis discos, coincidentemente los que me daban más vergüenza. Adiós Iron Maiden. Yo había llegado a la vida adulta y esas bandas no me importarían nunca más.
Eso pensé, pero me había equivocado. Ahora han pasado más que diez años y en este tiempo el mundo ha sido revolucionado por el crecimiento aparentemente imparable de la computación y del Internet. La música ahora no se escucha en casete, y cada vez menos en CD, ahora se escucha en mp3 o transmitida directamente por Internet, en last.fm, YouTube o MySpace. Las nuevas formas de distribuir música han mostrado que la escala no necesariamente aplasta la diversidad; los seres extraños todavía existen y hasta se han multiplicado. La piratería es más fácil que nunca pero ahora no tengo la excusa de no tener dinero para comprar música de vez en cuando, así que si algo me gusta hasta que siento el remordimiento de mi conciencia, lo compro.
La música me alegra la vida y no trae calorías ni afecta mis riñones. Además, conocer la música de un país es como conocer al país sin tener que viajar mucho. Voy conociendo a Chile acompañados por unos excelentes guias, algunos de antaño y otros de hoy día: Los Jaivas, Los Prisioneros, Los Tres, Victor Parra, Violeta Parra, Inti-Illimani, Quillapayún, Makiza, Chancho en Piedra, Perrosky, Matorral, Mauricio Redolés, Nano Stern, Manuel Garcia, Guiso, Sinergia, Fiskales Ad-Hok. Los músicos chilenos reflejan en cierta medida la diversidad y los contrastes de este país tan improbablemente largo y angosto.
Mi colección de música últimamente ha crecido más rápido que nunca e incluso he vuelto a comprar algunos de los discos que vendí hace tiempo pensando que nunca iban a volver. Ahora escucho música cuando me levanto, en el trabajo, cuando vuelvo a la casa acostado en la sofá o en la cama. Con los audífonos puestos, la música se ha vuelto a transformar en un especie de amigo íntimo. Por primera vez en muchos años, de vez en cuando me doy el lujo de escuchar música y no hacer nada más, escucharla no más, tomando para mí unos momentos de tranquilidad o de diversión, de puro gozo, sin vergüenza.